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Las masculinidades y la sexualidad

Las diferentes masculinidades pueden acarrear diferentes maneras de vivir la sexualidad. Aunque a día de hoy podemos encontrar una multitud de referencias a trabajos, estudios, instituciones o recursos relacionados con el género,  este conforma una parte esencial de nuestra identidad desde hace milenios. Dsde que se habla de hombres y mujeres, al menos. Los primeros usos del término y, por tanto, su visibilización, no aparecen en el ámbito académico hasta mediados del pasado siglo en Occidente.

Ya sea citando al doctor John Money (1955) asociado al tratamiento médico con personas intersexuales, a Stoller (1964) refiriéndose a la identidad de género, o a Gayle Rubin (1975) en cuanto al sistema  que distingue el sexo biológico de las atribuciones culturales y jerarquías que hemos construido en función de este, observamos que, por fin, se da nombre a aquello que nunca lo había tenido como tal. Las diferentes masculinidades. En ese sentido, cabe preguntarse a qué se debe todo este ocultismo. Teniendo en cuenta su gran magnitud de alcance, parece que algunas respuestas podrían encontrarse en fenómenos sociales a nivel macro.

En concreto, salta a la vista la influencia del carácter esencialista de nuestra cultura a la hora de considerar el sexo como una fuerza natural. Este hecho afectaría, por ejemplo, a la concepción de las identidades sexuales. Las diferentes masculinidades. Pero no solo eso, sino que, por ende, a todos los aspectos de nuestra sexualidad construidos a partir de la diferenciación genérica. Así como al propio género construido en función del sexo.

Por ello, si consideramos que el género y la sexualidad son un producto inmodificable de la naturaleza, es de esperar que sea dificultoso su estudio como construcción social y política. Siguiendo esta línea, algunas autoras como Judith Butler  van más allá y llegan a cuestionar incluso la aparente separación entre sexo biológico y género.

Si nos centramos en el ideal de sujeto, parece coherente que Paul Preciado argumente citando a Teresa de Laurentis que el hecho de ser hombre o mujer, masculino o femenino, son ficciones somáticas que se producen a través de tecnologías de género que, a su vez, operan de forma heterogénea sobre hombres y mujeres, produciendo no solo diferencias de género, sino también diferencias sexuales, raciales, de clase, corporalidad, edad, etc.

Este planteamiento platónico y jerárquico, en cuanto que representa un dispositivo de poder, rechaza y castiga implícitamente la amplia diversidad, potencial y de facto, de realidades posibles que tienen lugar fuera de la norma e incluso “dentro de ella”, incidiendo plenamente en el desarrollo de la sexualidad a través de la configuración social del deseo y las prácticas sexuales entre otras dimensiones.

El control ejercido sobre los cuerpos y sobre la propia sexualidad de las personas continúa altamente invisibilizado. Por lo menos en gran parte del entorno en el que vivo. De ahí las diferentes masculinidades. No solemos reflexionar sobre ello. En caso de compartir nuestras experiencias, suele ser en contextos de intimidad o privados. Además, incluso en estos contextos cuesta exponer una parte tan personal de uno o una mismo o misma.

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